Entre paréntesis
Dos operadores internacionales preparan su despedida de México. Entre la neblina, una torre y los recuerdos, alguien se pregunta cuándo dejamos de preocuparnos por conservar la confianza de quienes llegaron.
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Publicado •octubre 17, 2026
Hay pensamientos que uno no comparte, y no porque sean vergonzosos ni porque escondan alguna verdad prohibida. Simplemente porque pertenecen a ese lugar donde nadie más puede entrar.
Aquí no hay micrófonos, grabadoras ni preguntas de otros. Tampoco alguien esperando una respuesta. Sólo hay un hombre sentado sobre una piedra y de cara a una torre de telecomunicaciones perdida entre la neblina y un horizonte que no termina de aclararse.
Lo que ocurre dentro de su cabeza debería permanecer allí. Nadie tendría que saberlo. Nadie podría escucharlo.
Pero, por alguna razón que ni siquiera él comprende, esta vez sus pensamientos parecen haberse escapado de su silencio.
Y alguien, sin que él lo sepa, está leyendo.
El país que dejó de enamorar
Hay despedidas que no hacen ruido. No tienen abrazos en los aeropuertos, ni a alguien que promete escribir cuando llegue a su destino. Porque a veces, una despedida cabe en un comunicado de cuatro páginas, una cifra con muchos ceros y una firma al pie de un contrato.
Y, sin embargo, duele.
Desde aquí arriba observo una torre de telecomunicaciones que apenas consigue distinguirse entre la neblina. No sé si está amaneciendo o si más bien está atardeciendo. Tal vez ése sea precisamente el problema. Hay momentos en que un país tampoco sabe distinguir si está comenzando una nueva época o despidiendo la anterior.
Hace poco más de una década, México parecía un lugar al que todos querían llegar.
Había promesas de competencia, instituciones que aspiraban a ser independientes, reglas que pretendían sobrevivir a los gobiernos y un mercado suficientemente grande para despertar el apetito de las empresas más importantes del mundo.
Vinieron algunas. Trajeron dinero, tecnología, ingenieros, ejecutivos, empleos y una idea que entonces parecía posible: Competir en México podía ser tan atractivo como hacerlo en cualquier otra economía importante.
No vinieron por amor, desde luego. Las empresas no se enamoran de los países. Calculan, invierten y esperan rendimientos. Crucita me decía que nunca le tuviera amor a las cosas y lo mismo me decía Perla cuando me enseñó a escribir.
Pero incluso los negocios necesitan confianza.
Y la confianza, como algunas relaciones, tarda años en construirse y puede perderse sin que nadie sepa identificar el día exacto en que comenzó a desaparecer.
Hoy, dos grandes operadores internacionales emprenden su camino de salida de mi amado México. Sus historias son distintas, sus decisiones responden a circunstancias diferentes y sería injusto reducirlas a una sola explicación.
Pero las despedidas coinciden. Y esa coincidencia merece algo más que indiferencia.
Me pregunto qué cambió.
Quizá cambiaron los números. Quizá las prioridades de sus casas matrices. Quizá las condiciones del mercado. O quizá cambió también el país que alguna vez les abrió la puerta.
El espectro radioeléctrico siguió siendo caro durante años y, cuando finalmente se anunciaron reducciones, fueron modestas y llegaron cuando las decisiones de salida ya estaban encaminadas.
Las inversiones necesarias para competir crecieron, pero las reglas también cambiaron. El organismo autónomo que había nacido para ofrecer certidumbre terminó desapareciendo.
Ahora existe otra autoridad, con un diseño institucional diferente y una relación más estrecha con el poder político.
Y uno se pregunta cuánto pesa todo eso cuando alguien, sentado a miles de kilómetros, decide si vale la pena seguir invirtiendo aquí.
No tengo una respuesta definitiva.
Tengo, en cambio, una pregunta que me acompaña desde hace días.
Es una pregunta que duele porque no encuentro una respuesta que me tranquilice. Insisto, no debemos tenerles amor a las cosas. Sólo a la gente y a ellas sólo hay que abrazarlas mucho.
Pero…
¿En qué momento un país que trabajó tanto para atraer a las grandes empresas internacionales dejó de preguntarse qué debía hacer para conservarlas?
No sé cuándo ocurrió. Tampoco sé si sucedió de golpe o si fue una suma de pequeñas indiferencias.
Sólo sé que antes nos preocupaba quién llegaría. Y ahora parece que hemos dejado de preguntarnos por qué algunos se marchan. ¿Qué nos ocupa tanto que olvidamos eso?
Hay algo particularmente extraño en esta historia.
Durante años, quienes llegaron fueron los que siempre reclamaron condiciones más favorables para competir.
Hablaron del precio del espectro, de reglas equilibradas, de certezas jurídicas y de un mercado donde las inversiones pudieran recuperarse.
Ahora que uno se marcha y otro prepara su salida, aparecen reducciones en determinados derechos del espectro.
No son suficientes para resolver todos los problemas. Tampoco sabemos si habrían cambiado las decisiones empresariales.
Pero cuesta evitar una sensación:
Alguien llegó con agua cuando los viajeros ya habían abandonado el desierto.
Me estaba acordando también de esa frase de mi adorada Crucita: “Hombre de mal agüero, el que no da dinero, pero también desconfía del hombre que da dinero pero que no tiene las manos como las de mujer en lavadero”. Extraño a Crucita, a su café. Ojalá que esté disfrutando de la gloria del Cielo.
Yo siempre con mis pensamientos locos, pero y entonces, creo ocurre otra ironía.
Quienes durante años ocuparon posiciones dominantes en industrias diferentes podrían terminar encontrándose frente a frente en el mismo mercado móvil. Como quien dice, el dominante del mercado dos, ahora va de visitante al dominante del mercado uno.
Qué vueltas da la vida.
Dos gigantes que durante años se observaron desde territorios distintos, cada uno con su propia historia de poder económico, podrían terminar compitiendo por los mismos clientes, las mismas frecuencias y las mismas oportunidades.
Y mientras eso ocurre, los competidores internacionales que ayudaron a transformar el sector dejan de participar directamente en él.
¿Quién habría imaginado semejante reencuentro hace doce años?
Aunque, pensándolo bien, quizá la historia todavía nos reserve alguna travesura. ¿Y si alguno de esos gigantes terminara comprando también a uno de los nuevos operadores digitales que hoy parecen pequeños frente a semejantes estructuras?
No sería la primera vez que una empresa nacida para desafiar a los grandes termina formando parte de uno de ellos.
Sonrío apenas.
A veces, el mercado mexicano de telecomunicaciones parece tener más imaginación que quienes intentamos explicarlo.
No significa que los nuevos compradores carezcan de legitimidad. Al contrario. Arriesgan capital, asumen obligaciones y encuentran oportunidades donde otros decidieron retirarse.
Tienen derecho a intentarlo y, si lo hacen bien, el país podría beneficiarse.
Pero una cosa es celebrar que alguien compre una empresa y otra muy distinta es celebrar que alguien haya decidido venderla.
La llegada de un nuevo propietario no necesariamente compensa la pérdida de un inversionista internacional.
Son acontecimientos diferentes, aunque compartan contrato.
Pienso también en aquella vieja fotografía de dos empresarios que anunciaban una alianza para desafiar a quien entonces parecía invencible.
El tiempo tiene un sentido del humor bastante cruel.
Los antiguos rivales cambian de posición. Quienes alguna vez combatieron determinados poderes económicos ahora encuentran oportunidades en mercados donde esos mismos poderes continúan presentes.
Y las palabras que ayer parecían principios inamovibles hoy suenan distintas, dependiendo de quién las pronuncie.
Quizá así funcionan los negocios.
Lo que no debería funcionar así es la memoria.
Porque si hace doce años discutíamos cómo abrir los mercados, hoy deberíamos todavía preguntarnos cómo impedir que vuelvan a cerrarse, aunque las empresas y sus propietarios sean distintos.
No basta contar operadores. Hay que preguntarse cuántos pueden competir de verdad, cuánto cuesta hacerlo y qué incentivos tienen para invertir.
Tampoco basta contar antenas. Importa quién puede construirlas, financiarlas y mantenerlas cuando los resultados tardan años en llegar.
Y no basta celebrar una adquisición millonaria sin preguntarse por qué el vendedor considera razonable marcharse a ese precio.
Hay países que presumen cuánto dinero extranjero reciben.
Pero pocos se detienen a pensar cuánto capital, conocimiento y confianza pierden cuando alguien decide irse.
Tal vez porque las inauguraciones tienen discursos, fotografías y aplausos.
Las despedidas, en cambio, suelen hacerse en silencio; desde comunicados.
Pienso entonces en una frase que quizá nunca me atrevería a escribir como titular de una noticia.
“El país que dejó de enamorar”. Si escribo algo así, me llega otro reclamo. Por todo se quejan y nada argumentan. Se ayudan poco.
Y la verdad es que también me parece algo injusta, incluso exagerada.
México conserva demasiadas virtudes como para reducirlo a una despedida.
Pero hay pensamientos que aparecen sin pedir permiso, especialmente cuando uno contempla cómo se marchan quienes alguna vez encontraron aquí razones suficientes para apostar miles de millones.
Tal vez el país no dejó de enamorar.
Tal vez simplemente olvidó que, incluso después de conquistar la confianza de alguien, hay que seguir haciendo méritos para conservarla. Ese es el principio del amor, ¿no?
La tarde comienza a oscurecer.
La torre sigue allí, entre la bruma. Probablemente mañana continuará transmitiendo señales, conectando llamadas y llevando Internet a lugares donde nadie se pregunta quién es el dueño de la red.
Creo que siempre ha sido así, ¿por qué entonces me preocupo yo o pierdo mi tiempo en pensar eso?
Eso es lo hermoso de las telecomunicaciones. Su utilidad permanece incluso cuando cambian los nombres de las empresas y hacen que yo sigan pensando.
Pero no todo permanece.
Hay decisiones que tardan décadas en mostrar sus consecuencias.
Y hay oportunidades que, una vez perdidas, no regresan simplemente porque un gobierno anuncie nuevas reglas o una empresa prometa nuevas inversiones.
Me levanto de la piedra.
Antes de marcharme, miro una vez más hacia el horizonte.
No estoy seguro de que México haya dejado de ser atractivo. Sería demasiado sencillo y probablemente injusto afirmarlo.
Lo que sí me inquieta es que quizá nos estamos acostumbrando a ver partir a quienes alguna vez hicieron una apuesta extraordinaria por este país.
Y que, en lugar de preguntarnos por qué se van, nos apresuremos a celebrar quién se queda con las llaves.
A veces, lo más triste de una despedida no es que alguien se marche.
Es preguntarse si hicimos lo suficiente para convencerlo de quedarse.
Y si, cuando finalmente cerró la puerta, todavía había quien se preguntaba por qué se había ido.
Quizá mañana vuelva a sentarme aquí. Quizá ahora sí encuentre una respuesta.
Por ahora, prefiero guardar estos pensamientos entre paréntesis.
Porque los paréntesis son eso. Un pequeño refugio dentro de una conversación más grande. Un lugar donde puedo pensar sin tener que explicar, defender o justificar cada sentimiento.
Afuera seguirán las noticias, las cifras, los discursos y las decisiones de quienes gobiernan o hacen negocios.
Aquí adentro sólo estoy yo.
Y nadie tiene por qué saber lo que pienso.
Nadie.
Aunque, por alguna extraña razón, tú acabas de enterarte.
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