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Pensar pareciera ser un acto subversivo

El análisis de la censura actual revela cómo el poder asimétrico y las plataformas digitales transforman la libre expresión en autocensura, sustituyendo la mordaza tradicional por el control algorítmico global.


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    junio 25, 2026
Composición Editorial: NITRO
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No se puede hablar de censura sin entender cuáles son las estructuras de poder. El objetivo de la censura es prevenir declaraciones hostiles, contrarias o simplemente no favorables hacia aquellas entidades o personas que tienen el poder suficiente para frenarlas.

En otras palabras, la censura es simplemente el ejercicio de un poder asimétrico en el que la entidad dominante subyuga a sus detractores.

No obstante, la censura no es estática, sino que se nutre de un elemento esencial para su propagación: el miedo. Por eso logra su objetivo principal: Frenar, de diversas maneras, la difusión de cualquier narrativa no deseada.

Entre estas se encuentra la autocensura, un elemento que se manifiesta tanto de forma consciente como inconsciente, pues se evita hablar de un tema específico para evitar diversas consecuencias negativas.

Miedos que van desde la ruptura de relaciones, hasta consecuencias más evidentes como la perdida de trabajo, la persecución y en casos extremos la muerte.

La autocensura es un pacto que la persona hace consigo misma para su preservación, evitando repercusiones que puedan vulnerar los parámetros de cualquier normativa tradicional de derechos humanos.

Mariano José de Larra definía la censura de forma escueta, como un orden de comportamiento en el que las críticas no están permitidas. Supuestamente, vivimos en una realidad en la que pocos gobiernos actuales podrían definirse con estos términos tan dictatoriales.

Hasta los gobiernos más autocráticos permiten algún que otro medio que critique al régimen, pero esta crítica tiene que ser muy medida, pues es una apertura fingida que busca legitimar al régimen al proveerle elementos que prueben la existencia de una oposición.

No importa que sea débil y temerosa, o que sea intimidada con frecuencia por las fuerzas del orden. La censura no tiene que ser explícita para surtir efecto.

De la mordaza al algoritmo: El nuevo orden digital

Tampoco es un legado exclusivo del sector público; el mundo empresarial ha identificado y aprovechado las ventajas potenciales de silenciar a las personas.

Acto que se ha vuelto más sencillo debido a las plataformas digitales, ahora se obtiene el mismo resultado sin necesidad de silencio, como bien lo dijo Goebbels, con tan sólo ser avasallador con un nuevo discurso constantemente repetido, y la censura surge como acto de magia.

Distraer, desvirtuar y, sobre todo, inundar las redes con información falsa o tergiversada, tanto para esconder pedófilos como para desaparecer genocidios.

Tal realidad hace innecesarios los esfuerzos para acallar voces discordantes respecto del discurso deseado por el ente de poder. La hiperbolización del chisme es suficiente.

Así como Dumas hizo que su Conde de Montecristo manipulara las redes telegráficas para concretar su venganza, los grandes conglomerados noticiosos envían el mismo libreto a todas sus filiales para editorializar sobre un acto con exactamente los mismos calificativos, los mismos héroes y los mismos villanos.

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Cualquier crítica queda deconstruida con el argumento de que el objetivo nunca fue informar sino entretener.

Asimismo, los grandes emprendimientos digitales, en su evolución, buscan cómo seguir comercializando productos y servicios a gran escala, con el objetivo de generar altos ingresos y beneficios para sus accionistas.

En el proceso, las lealtades se van tornando grises, sobre todo con las plataformas que buscan sutilmente imponer una nueva relación entre el individuo, el gobierno y la sociedad.

Cabilderos buscan explotar tecnicismos para que los elementos no contemplados por la normativa vigente continúen sin ser considerados en futuras legislaciones. Pero cada acción genera una reacción.

Lo que antiguamente era un territorio bien definido de la censura y el control de la información se abre a un campo de batalla donde las acusaciones de colonialismo digital se presentan ante quienes no desean una revisión del código legal vigente para integrarlo al resto de la economía.

El mismo principio aplica: no es necesario educar, sino confundir y tildar de extremistas las parábolas relacionadas con la soberanía digital.

El costo de disentir en el mejor de los mundos

La situación se ve más compleja si aceptamos el precepto según el cual nos acercamos a un mayor número de narrativas globales que tienden a olvidar al más pobre, al que precisa soluciones locales, pues el libre mercado, por obra y gracia del espíritu de Adam Smith, logrará solventar la asimetría de riquezas existente en la mayoría de los países del Sur.

Abajo, el análisis; arriba, la estupidez. Pensar pareciera ser un acto subversivo. La consecuencia inmediata es la adopción sin protesta de la autocensura, con el agravante de una ageografía que permite controlar el comportamiento de la víctima en todas partes y en todo momento.

Así queda grabado para la posteridad cualquier comentario juzgado desfavorable al poder de turno en los innumerables futuros en que el escrito sea analizado. El perdón y la memoria no coinciden en este nuevo mundo digital.

Ya lo dijo Larra: “Lo que está permitido es alabar” y, como caricatura de Voltaire, afirmar que vivimos en el mejor de los mundos posibles. No estar de acuerdo es sumirse en el silencio, la verdad es contraproducente y peligrosa.

La libertad de expresión se ha ido convirtiendo en un concepto filosófico, pues un acto de rebeldía de pocos caracteres puede resultar en ostracismo laboral e incluso en la negación de visas de turismo. El mundo se resume a videos cortos de Instagram y TikTok centrados en el entretenimiento.

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Escrito por:

José Felipe Otero Muñoz es uno de los especialistas más reconocidos de América Latina en telecomunicaciones, transformación digital y las TIC. Con más de 30 años...

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